NOVELA LARGA Basado en Ana Rosa Por Miguel Angel Ibarra Moreno PRÓLOGO Los recuerdos se amontonan en mi mente. Apenas puedo creer que todo esto este sucediendo en realidad. Me siento aturdido, confuso, y sin embargo puedo ver claro frente a mí, como si fuera esa la única realidad existente, el cuerpo sin vida, bañado en su propia sangre, de quien durante tantos años ha sido la razón de mi existencia. Hay algo morboso en esta contemplación de su cuerpo vencido, en ver fluir por sus heridas la sangre: roja, viscosa, como la de cualquier mortal. ¡Estoy paralizado!, ¡No importa!, No quiero avisar a la policía aún. Deseo seguir contemplándola, aunque sea así. Seguir contemplándola un minuto tras otro minuto, sin fin. Pensar que tarde o temprano se la tendrán que llevar, y esta vez para siempre, me resulta insoportable, ­ ¡No, no puede ser!. Poco a poco comienzo a recordar, a ser más consciente de lo que ha sucedido. Pero mis sentimientos y temores siguen siendo los mismos. Toda mi vida se ha basado en esa mujer, todos los sueños desde la juventud, todos mis pasos posteriores, todos mis conceptos de amor, felicidad, futuro y sentido de la vida están concebidos en torno a Ella. Y ahora delante de mí se abre un abismo negro y sin fondo hacia el cual estoy abocado, pero en el cual no caeré en tanto que Ella este aún aquí a mi lado, mientras pueda seguir contemplándola así, un minuto tras otro minuto, sin fin. ¿Qué ha sucedido?. El arma aún está en mis manos. La aprieto de modo compulsivo como si algo, dentro de mi mente, dentro de esta misma mente que está intentando razonar, percibiera aún algún peligro y buscara otro nuevo y querido blanco sobre el que disparar ­ ¡La había matado!. Era absurdo: Aunque el mismísimo Dios que regula el destino de hombres, animales y cosas se me hubiera aparecido en majestad y dado pruebas fehacientes de que tal cosa pudiera suceder, no lo hubiera creído. Hubiera dicho seguro: ¿Yo matar mi propia vida ? ¡imposible! ­ ¡No, no puede ser!. Y sin embargo aquí estoy, frente a una realidad que solo podía concebir en forma de pesadilla. ¡Ahora lo sé!. Al sentir la tensión en mi brazo y la crispación de los dedos que aún sujetan el arma, comprendo cual es el blanco siguiente sobre el que debo disparar y cual el peligro que mi mente percibe: Mi sien es el blanco. El peligro: Enloquecer sin Ella. Suelto con esfuerzo el arma y la apartó lejos de mí. No sé porqué lo hago, no sé de donde nace esta fuerza extrema, el principio de esperanza suficiente que me lleva a recapacitar, a buscar una solución. Seguramente que tantos años manteniendo la esperanza más allá de toda lógica, luchando frente a todos, persiguiendo un absurdo, me están ayudando a superar estos momentos críticos. ¡Sí, debo pensar! ¡Debo recapacitar sobre todo esto!. En algún sitio, dentro de mí, debe haber una solución posible, una luz de esperanza que permita acercarme sin temor al oscuro abismo que me aguarda. Intento levantarme del suelo, sobre el que me he derrumbado tras efectuar los disparos. Con dificultad apoyo las manos en la barandilla de la escalera y me incorporo sobre mis pies: He debido caer rodando por ellas. Me encuentro bien, apenas me duele algo el brazo dañado, sin duda, en la caída. Busco a tientas el sillón que está frente a mi para echarme sobre él. Recorro con la mirada el salón reconociendo uno a uno los distintos muebles y enseres que en el se encuentran: Cuadros, mesas, sillas, cortinas, la alfombra....., todos comienzan a ser reconocidos en mi mente como objetos míos, nuestros, suyos; ­ ¡Sí, suyos! y como tales únicos y entrañables. No puedo evitar que la mirada regrese al punto fatídico: El pequeño espacio sobre la alfombra que ocupa Ella. Aún fluye su sangre. Una sangre oscura y densa como la melaza. Entre nosotros ha quedado la pistola asesina: Un revolver pequeño, brillante, plateado, con cachas de nácar. !Dios mío! Que retorcida mente puede hacer un arma para matar, así, de plata y nácar; como una medalla, como una perla engarzada, como una virgen entronizada. De niño siempre quise tener un revolver. Un revolver como los de verdad, con el tambor móvil, que diera vueltas al apretar el gatillo y disparara pistones con ruido ensordecedor. Cada año se lo pedía a los Reyes Magos, pero estos, insensibles a mis deseos, me traían preciosas pistolas de tipo Lummen o Start incluso algún rifle de repetición, pero nunca me trajeron el revolver. Soñaba con salir a la calle el día seis de enero con él enfundado en una cartuchera de cuero, un cuero oscuro, viejo, desgastado; y enfrentándome al resto de mis amigos, que por cierto, tampoco tenían cartuchera de cuero, ni revolver de tambor giratorio; desafiarles a ver quien disparaba más rápido. Sacaría entonces el revolver como un rayo, igual que en el cine, y dispararía las seis troneras que previamente habría colocado en su tambor. Luego lo enfundaría tras darle varias vueltas sobre mi dedo índice a modo de exhibición. ¡Es curioso!, en los momentos más trágicos de mi vida ¡En que me pongo a pensar!: En una anécdota trivial y lejana de mi etapa infantil. Sin embargo tiene su lógica que esto sea así. Si recapacito a cerca de mis mecanismos de defensa, este de huir al pasado, a momentos mejores, vividos o imaginados, ha sido siempre mi favorito. Ya en mi adolescencia, tras cada desgracia, tras cada fracaso, tras cada desilusión, recordaba aquellos momentos, en que había sido feliz. Momentos de mi infancia lejanos pero intensos, revestidos de ese trascendente halo mágico con que dota el recuerdo a las cosas pasadas, que escondidas tras una cortina de tiempo, como una gasa dorada, nos permite tan solo ver sombras y perfiles, resplandecientes, puros e idealizados. Luego, tras conocerla, mi niñez desapareció. Toda la felicidad que aquellos recuerdos me proporcionaban saltó hecha añicos ante la nueva felicidad que el amor, recién estrenado, presentaba ante mí. Desde entonces Ella fue mi referencia, mi recuerdo predilecto. Que absurdos e infantiles me parecían entonces aquellos recuerdos de niño fantasioso e inquieto que jugaba a escribir guiones del oeste para una película imaginaria. ¡Qué vergüenza me daba volver a unos recuerdos llenos de juegos atolondrados y sin sentido! , ¡Qué vergüenza me daba el que Ella me viera como un niño!, como el niño que aún había dentro de mí cuando la vi por primera vez. El recuerdo y la fantasía en el futuro serían Ella. Aquellos primeros instantes y los días que sucedieron, tan atolondrados y efímeros, serían ya para siempre mi gran evasión; una evasión completa y feliz a un mundo hermosísimo y magnificado por la fantasía, un mundo que era sobre todo "su mundo", en el que reinaba su presencia, la presencia de Ella, de esa mujer que ahora yace tendida a mis pies, sin un soplo de vida. De esa mujer que ya nunca podrá ser mía más que en el recuerdo, en la imaginación, en la fantasía, en ese mundo interior del que gracias a Dios aun soy dueño absoluto y en el que puedo hacer y deshacer a mi antojo; en ese mundo en el que Ella, ¡Tú!, has sido y seguirás siendo siempre la reina de mi cielo. Un mundo, en fin, que solo podrá extinguirse con la desaparición de mi mismo: Algo que no estoy dispuesto a consentir a pesar de mis oscuros impulsos. ¡Quizás aún este viva! Quizás el corazón lata aún dentro de su pecho, de su hermoso, de su adorado pecho. ­ ¡Quizás aún pueda salvarla! y todo vuelva a ser como antes, como ayer; No, mejor como antes de ayer o quizás antes.­ ¡Dios mío!, son tan pocos los momentos en que he encontrado paz en este amor desmedido y absurdo. Me pregunto si realmente quisiera volver a vivir lo vivido, retroceder en el tiempo y comenzar de nuevo una historia como la pasada. Me pregunto si podría volver a la ignorancia de ayer, a los sueños limpios, a aquel amor sincero donde Ella era una diosa encarnada cuya sola presencia me hacía tan feliz que no necesitaba nada más. A aquellas fantasías en las que aquel ser divino me otorgaba su amor con solo una mirada y en las que toda mi esperanza era volver a verla para volver a ver aquella mirada en sus ojos. ¡No!. Hoy sé que no existe ninguna diosa, que mis sueños eran solo sueños y que no había amor en su mirada. Y sin embargo la respuesta a esa pregunta sería ¡Sí! Sé que sería ¡Sí! aunque mi mente y mi razón, aunque mi amarga experiencia se negaran a aceptar esa respuesta, yo volvería a responder una y otra vez: Sí, Sí, Sí. Es por eso que algo dentro de mí, quizás por primera vez el sentido común, me impide levantarme de este sillón, coger el teléfono que veo frente a mí y llamar a una ambulancia, a un equipo de urgencias que pudieran, tal vez, rescatar un último suspiro de vida de su cuerpo inerte. ¡No! No tengo ganas de moverme, me quedare aquí, en esta habitación, es este lugar hasta ayer magnificado por su presencia viva y que hoy tan triste y desolado se me presenta. Cerraré los ojos y recordaré. ¡Sí!, intentaré recordarlo todo tal como fue, tal como soñé que sería. ­ ¡Volver al pasado!. ¿Cuánto tiempo hace?. ¡No!. No debo volver a caer en esa tentación. El recuerdo me devuelve a la fantasía y la fantasía al deseo y el deseo a Ella. ¡No!, no debo caer de nuevo en esas garras suaves y sedosas que me van desgarrando la piel hasta llegar a las entrañas, casi como en una caricia. ¡No! no caeré de nuevo en la fantasía, en esa fantasía que me lleva al mundo donde Ella habita, donde es dueña absoluta de mi destino con tan solo una mirada. Pero Ella está muerta, yace frente a mi inerme. Ya mis sueños no volverán a ser nunca como los de ayer, ya jamás podré soñar con alcanzarla y oír de su boca esa palabra que aún espero dirigidas a mí. Todo se ha acabado, nada debo de temer ya de un recuerdo remoto, de una tragicomedia que no volvera a repetirse por que su actriz principal a muerto, ya no existe, y sin Ella no cabe ni el enredo, ni el drama,….. ni el amor. ­¡Oh, Dios mío, no puedo! , ¡No puedo aguantar esta realidad! ¡Necesito volver a sentirlo, volver‚ a recordarlo todo! ¡Sí!, lo haré por última vez, recordaré todo tal como ocurrió. Reconstruiré la historia en mi mente con los nuevos datos que hoy poseo. Cerraré mis ojos y recordaré una vez más como empezó todo. Hace ya tiempo, ¡Hace tanto tiempo.......! Nota: Prólogo de una novela larga (Unas 400 páginas) escrita ya hace algún tiempo titulada “Basado en Ana Rosa”, que consta de XXXIV capitulos divididos en 5 apartados : I Prólogo, II el lago, III la piscina, IV el rio, V la catarata, VI el mar y VII epilogo. Aquí se ofrece solamente el prólogo como adelanto, en espera de una posible publicación en papel y/o telemática, de cuya realización se avisaría oportunamente, así como del modo de adquisición.
Miguel Angel Ibarra
Novela 3.1
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